Relato

Por Alejandra Mikulan.

Por mi abuelo fue que compré el libro Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Becquer, ya tenía 18 años pero nunca lo había leído. Fascinado por la velocidad y facilidad de búsqueda de internet, un día me pidió que le buscase una rima que hablaba sobre los suspiros que van al aire y las lágrimas que van al mar que no podía recordar con exactitud. Lo busqué, se lo leí, romántico como fue siempre; le encantó escucharlo. Unas semanas después, buscando otra cosa, encontré el libro de casualidad en la calle Corrientes, lo compré. El domingo siguiente se lo regalé a mi abuelo, pero me dijo que ya le costaba mucho leer, que la letra era muy chiquita, que me lo quedara.

Hoy mi abuelo está preso en Santiago del Estero. A kilómetros de su familia y amigos, con 84 años, luego de haber tenido prisión domiciliaria y libertad por falta de mértio por mas de cinco años, se lo volvieron a llevar. Se lo chuparon. A la luz del día y con una acta, pero se lo chuparon. La negligencia de un abogado corrupto o borracho o ezquisofrénico (no sabemos) hizo que fuera una oscura sorpresa. Va a parar a Tribunales. Mi hermano y yo vamos a visitarlo, nos encontramos con mi tía quien logra entrar a verlo. Duerme en un colchon en el piso, únicamente por mérito de su temperamento. Es trasladado a Marcos Paz en donde pierden sus medicinas. Presión. Visión. Corazón. Dos semanas más tarde, nos informan que lo trasladan a Santiago del Estero, al Penal de Colonia Pinto que no cuenta con teléfono para comunicarnos. Veintitrés horas de viaje sentado en una camioneta a los 84 años. Dos botellas de agua, un pebete. La incertidumbre de no saber si llegará a destino, morirá en el camino o desaparecerá sin dejar rastro. Llega vivo en la oscura, húmeda y calurosa noche de la provincia de las chacareras. Con un poco de tierrita baila cualquiera, pero una noche que no es nuestra no alcanza para empaparse y matar las penas.

Sus compañeros lo asistieron con sábanas, almohadas, agua potable, vasos, plato, mate y charla hasta que llegamos a visitarlo y cada vez que nos vamos.

Mientras se sienta que se ríe el alma,

sin que los labios rían;

mientras se llore, sin que el llanto acuda

a nublar la pupila;

mientras el corazón y la cabeza

batallando prosigan,

mientras haya esperanzas y recuerdos,

¡habrá poesía!

José Cayetano Fiorini, hijo de José y María, viudo romántico enamorado. El menor de siete hermanos trabajadores del campo juninense, termina el colegio y hace la carrera militar gracias al esfuerzo suyo y de su familia. A los cinco años; argentino domador de caballos en travesuras, a los 84 años; preso político argentino. Preso de la propaganda demagoga inútil, de la “revolución” ingenua, infantil y falsa, del cambio que empeora, chivo expiatorio de hombres y mujeres nefastos que se llenan los bolsillos mintiendo, el señalado de aquellos que les gusta que les digan qué pensar, qué hacer, qué decir.

Papá, tío, abuelo, bisabuelo, padrino, hermano, primo, suegro, cuñado, amigo, camarada, novio, vecino; de quienes lo extrañamos, lo visitamos, lo llamamos esperando su consejo, su beso que raspa la mejilla, sus amables palabras de aliento y esperanza, para nosotros: poesía.

Cuando lo escucho lejos, lo lloro.

Agradecimientos: a Peteco Carabajal por La Simple, a Gustavo Adolfo Bécquer por Rima IV.

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