Vendas para amar

Por María Emilia Rey Saravia.

Hace un tiempo me pasó algo extraño. Algo que me hizo reflexionar y que, seguramente, signifique un especial aprendizaje para mi vida.

El año pasado, vi publicado en Facebook un mensaje de un grupo universitario que pedía donaciones de sangre para un hombre. En ese mensaje había un teléfono de contacto así que, ni bien lo vi, llamé. Me atendió una voz de mujer, parecía ser una chica joven. Le dije que quería donar, que tenía la sangre que necesitaban. Ella me dijo que el hombre que la necesitaba era su abuelo. Me dio los datos del hospital donde debía concurrir y me agradeció, más de una vez, me agradeció.

Al día siguiente, intentando pasar desapercibida en mi casa para no llamar la atención de mis papás, me levanté más temprano que de costumbre y me preparé para ir al hospital. Mi mamá, que madruga más que el sol y que parece controlar todo a su alrededor, se dio cuenta del cambio de rutina repentino y me indagó hasta que logró que le dijera a dónde iba. Yo simplemente no quería molestarlos, sabía que iban a querer acompañarme “por las dudas”. Se enojaron conmigo porque no les conté antes, así nos organizábamos bien para que no fuera sola, pero en mis planes estaba ir sola. La realidad es que donar sangre es una pavada, pero ellos tienen el miedo de lo desconocido. Es normal, mucha gente lo tiene.

Llegamos con papá al Hospital Italiano, llené las planillas habituales y entré a la salita de hemoterapia para la extracción. De ahí me fui a trabajar. Después del hospital, le escribí a ella, la chica con la que había hablado, para avisarle que ya había donado, que esperaba que su abuelo se recuperara pronto y, que yo creo en Dios así que rezaría por él. Ella me escribió un mensaje muy emocionante, que expresaba cuán agradecida y sorprendida estaba por mi gesto. “Ojalá todo el mundo hiciera por el otro un poco de lo que vos hiciste hoy por mi abuelo, aunque no lo conozcas” (Las palabras textuales las perdió mi memoria, la intención del mensaje la guardé en mi corazón). Por supuesto me estremecí con su mensaje, no lo esperaba, y me causó satisfacción saber que había hecho algo bueno por alguien (y que había valido la pena la pequeña discusión familiar, al final siempre salgo con la mía). Mi respuesta fue que a mí no me costaba nada hacerlo y que, además, para eso estamos en el mundo, para ayudarnos entre nosotros. Una vez más, sin necesidad de hacerlo, me volvió a agradecer.

Pasaron varios meses hasta que recibí un mensaje de ella que decía algo así como lo siguiente: “Me tomé el atrevimiento de conservar tu número. Te escribo para contarte que mi abuelo falleció ayer. Él estaba enfermo y no logró recuperarse. Muchísimas gracias por haber donado sangre para él desinteresadamente. Es un gesto que valoro muchísimo. Saludos. Ella” (insisto, las comillas son una mera formalidad para una escritura más amena, las palabras textuales las perdió mi memoria). Me acuerdo que recibí ese mensaje entre medio del huracán de mi rutina, que poco me deja descansar. Pero eso me frenó por un instante. Me quedé quieta dos minutos, simplemente leyendo y releyendo su mensaje, pensando… Qué mensaje triste pero lindo a la vez. Ella no me conocía, no me conoce. Sólo sabía de mí, mi número de teléfono y mi nombre de pila, no mi apellido. Pero aún así, guardó mi teléfono y me escribió el día después que falleció su abuelo.

No sé por qué razón esto me dejó pensando… Qué cosa rara esa de ayudar a alguien, o hablar con alguien y no conocerle la cara, ni su historia, nada, solo su nombre y apellido (yo sí sabía su apellido). Pensé, por simple curiosidad, en facebookearla. Bahía Blanca es una ciudad chica, quizás de vista la conocía. No pensaba escribirle y decirle quien soy, simplemente quería ver su cara.

Cuando la encontré en Facebook quedé perpleja. De verdad, me sorprendí. Parecía (y digo “parecía” porque no puedo determinar cómo es ella a partir de un perfil de Facebook) ser una chica muy distinta a mí. Una chica de esas que pintan las paredes de la universidad con reclamos, que pegan carteles y marchan a favor o en contra de algo. Pero algo llamó mucho mi atención y fue lo que me dejó helada. En sus publicaciones pude ver su odio y resentimiento hacia los militares. Esas típicas remeras de “Juicio y castigo a los genocidas”.

Si ella supiera… qué increíble lo que me estaba pasando, pero si ella supiera… Que mi abuelo está preso sin condena, con un eterno procesamiento que dura hasta la muerte, por delitos de lesa humanidad que cometieron otros. Si supiera que él es inocente (nunca hubo una prueba en su contra, se presume que es culpable simplemente por ser Marino) y que hoy está pagando con su libertad y dignidad el daño de un conflicto trágico, en el que militares, guerrilleros y civiles tuvieron participación, aunque no todos de ellos. Si supiera que mi familia está atravesando un dolor inmenso por esta injusticia. Es un daño irreparable, donde un Estado, junto con organizaciones y parte de la sociedad, fomentaron el odio en la vida cotidiana, incluso en los jóvenes que no vivimos la época de la dictadura. Si supiera, ella, que para mí es difícil entender a las organizaciones como en las que participa, porque las creo carentes de fundamento real por intentar buscar la verdad, no les importa realmente si a quienes juzgan son culpables o no, el hecho de ser militares los convierte en culpables. Ser militar es pecado, ser militar es sinónimo de asesino para ella. Si ella supiera, que en la vida cívica-social cotidiana nos costaría vernos como semejantes, nos costaría empatizar. Si supiera que la que ella llamaría una nieta de “represor de la dictadura”, fue quien le dio sangre a su abuelo cuando se estaba muriendo. Si supiera, ella, que con sus intentos de “justicia”, está matando al mío.

La pregunta es, ¿hubiera, yo, donado, si hubiese sabido antes quién era ella? La respuesta es sí (pero nunca me lo hubiera imaginado o preguntado hasta que me pasó esto). Porque nuestra humanidad está innata. Porque yo no puedo cargar resentimientos por el dolor de verlo a mi abuelo preso. Porque mi justicia con todo esto es ser más fuerte y enfrentar el odio con amor. Porque mi inteligencia es mi capacidad de amar, tanto a mis amigos como a mis enemigos. Porque dando amor contagiamos. Como yo contagié a ella, y ella me contagió a mí, en algún punto. Lo único que le pido a Dios, es que me siga vendando los ojos, para amar sin mirar a quien.

En definitiva, la que debería agradecer, por este aprendizaje, soy yo.

(Esta historia fue escrita cuando tenía 23 años)

15 opiniones en “Vendas para amar”

  1. soy civil, muy identificado con nuestra ARA, especialmente con los de antes, quisiera saber si me pueden enviar vtros. escritos para compartirlos con los míos, alrededor de 200 familias. Es mi forma de luchar en defensa de nuestros Héroes hoy Injustamente privados de su Libertad.
    Fraternales Saludos

    Lic. Jorge R. Mourrut de Beauverger
    Jorge, El Francés
    _/)

  2. La reacción de esa joven muestra a un ser humano de calidades excepcionales, al “hacer bien sin mirar quien”. Si la gran mayoría fuésemos así, cuanto mejor sería el mundo.

  3. Hermoso EMI. Sos una persona increíble. Ya lo creo que hay que mirar con amor y ayudar más allá de los condicionamientos que existen…porque cuando llega la hora. ..somos todos iguales y nos vamos con lo puesto.

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